El origen de un proyecto disruptivo suele esconderse en los lugares más cotidianos. Para Alejandra, el destello de inspiración no ocurrió en un taller de alta costura, sino entre la marea de colores y texturas de una feria americana en Salta. Hace dos años, acompañada por su suegra, Ale se encontró frente a frente con la cara más visible de la sobreproducción textil. “Me quedé abrumada por la cantidad de ropa que estaba en todos los tablones y desde ese momento empecé a pensar qué podría hacer para reutilizarla. Además, me sorprendió la calidad de los materiales y la variedad de estampas”, recuerda sobre el día en que nació Tablon.ar

Hoy, el proyecto es un viaje unipersonal. “Manejo sola el proyecto, mi nombre es Ale”, se presenta. Con esa misma determinación, comenzó a rescatar las primeras prendas descartadas que se cruzaron en su camino: simples pero universales remeras. Su proceso de metamorfosis textil es meticuloso y estratégico. “Lo primero es crear un concepto para elegirlas, los dibujos animados son casi siempre los favoritos (si son remes vintage, mejor). Luego, lavarlas y empezar a trabajar en convertirlas” en funcionales y estéticas tote bags.

Sin embargo, el camino del upcycling en el mercado local no está exento de fricciones. Al intentar imponer el concepto de slow fashion, Ale se topó con un desafío cultural arraigado en la decisión de compra, donde el reto principal es “que los productos sean más una inspiración y no una aspiración”. A pesar de esto, la respuesta del público ha sido profundamente emotiva. Mostrar la cruda realidad del descarte genera conciencia, pero es el factor afectivo el que termina de sellar el vínculo con el cliente. “La idea gustó mucho y lo que más impacta es mostrar las ferias y las cantidades de ropa que luego acaba en vertederos. La nostalgia de las sábanas que tuvieron en su infancia y que pueden ser convertidas en un bolso o una tote”, explica.

Esa misma búsqueda de identidad llevó a Ale a experimentar con el supra-reciclaje de elementos cotidianos y radicalmente locales, como los empaques de la emblemática yerba Nobleza Gaucha que capturan las miradas en sus redes. “Los bolsos hechos de cajas o empaques son parte de un proceso creativo que busca mostrar cómo algo cotidiano se puede convertir en statement piece”, detalla sobre estas piezas únicas de diseño.

 

Para sostener este ecosistema sin perder el norte comercial, Alejandra debe navegar constantemente el dilema entre su rol de emprendedora y su faceta artística. Su estrategia para mantener un negocio económicamente sostenible se basa en una delicada ley del 80/20. Explica que uno de sus principales desafíos es “medir la temperatura de lo que más se vende y lo que una quiere hacer como creativa”. El equilibrio lo encuentra destinando un ochenta por ciento a la producción comercial, es decir, “de lo que quieren y sabes que se va a vender”, mientras que reserva el veinte por ciento restantes para experimentar libremente, un espacio que habita “sin ningún corsé creativo”.

Este balance, sumado al apoyo genuino de creadores de contenido, permitió que la comunidad creciera y que los paquetes de Tablon.ar empezaran a viajar a rincones de todo el país. “Estoy súper agradecida con influencers que les ha gustado algún producto y cuando comparten, crece la comunidad de manera orgánica. Aún no es lo suficiente robusto y el proyecto está en transformación constante antes de optar por publicidad paga”, reflexiona con los pies en la tierra.

Al mirar hacia el futuro, la esencia de Tablon.ar permanece intacta, pero en constante movimiento. La marca planea expandir sus fronteras ecológicas experimentando con nuevos materiales de descarte. “Tablón va a seguir migrando a otros materiales sin salir de su esencia. Creo que es importante seguir siendo inspiración para colaborar con el grano de arena de la moda circular”, concluye Ale, demostrando que con diseño y memoria se puede transformar el pasado en un futuro más sostenible.

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