El taller es un universo aparte. En pleno Neuquén, entre montañas de camperas, frascos de strass, parches y pinceles, dos amigas del signo Leo crearon un espacio que se rige por sus propias leyes estéticas. Una es fanática de los colores; la otra no se saca el negro. De ese contraste, y de la necesidad de escapar de una indumentaria masiva que sienten cada vez más uniforme, Eugenia Burzaco y Luciana Márquez dieron vida a «Me lo llevo», un proyecto de diseño independiente que busca devolverle la personalidad a la ropa.
«Nació a partir de las ganas de hacer algo diferente, de salir un poco de lo que ya estaba visto y empezar a transformar prendas para que realmente tengan la personalidad de quien las usa», explican las creadoras.
El chispazo inicial, el «Big Bang» de la marca, no vino de una pasarela internacional ni de un catálogo de tendencias, sino de un capricho fierrero de Luciana. «Una es fanática de los autos y quería un pantalón de Ferrari, ahí empezó todo», recuerdan entre risas. La idea de intervenir la ropa las atrapó de inmediato, y la química entre ambas hizo el resto: «Supimos que combinando todas nuestras locuras podía llegar a sorprender a todos».
El nombre del emprendimiento llegó con la misma espontaneidad con la que encaran los diseños. Surgió de las recorridas de compras de Eugenia. «Cada vez que iba a un local, media compulsiva, agarraba lo que quería y decía: ‘este me lo llevo o este también me lo llevo'», relatan. El concepto les cerró por todos lados: «Nació justamente de esa sensación que queremos generar cuando alguien encuentra una prenda: verla y pensar inmediatamente ‘me la llevo’. Nos gustó porque es simple, espontáneo y tiene algo divertido. Representa bastante nuestra manera de ver la ropa: encontrás algo que te encanta, que sentís que es para vos, y no lo pensás demasiado… te lo llevás».
El día a día en el showroom de las chicas es tan vertiginoso como el ritmo de su inspiración. Ellas mismas definen su espacio de trabajo como un «pequeño caos creativo», un lugar donde las reglas estructuradas del diseño tradicional se rompen a cada rato.
«Hay prendas por todos lados, strass, pinturas, materiales, ideas empezadas, otras que aparecen en el momento y muchas veces terminamos haciendo algo completamente diferente de lo que habíamos imaginado al principio», confiesan sobre su dinámica de trabajo. En su proceso no existen los moldes rígidos: «Nuestro proceso es bastante espontáneo. Nos sentamos con una prenda, empezamos a probar combinaciones, colores, texturas y detalles, y muchas veces la propia prenda nos va llevando».
Para inspirarse, aseguran que miran «un poco de todo», desde música, películas y artistas hasta la moda que llega de afuera. Sin embargo, se imponen un filtro indispensable para mantener la identidad de la marca: «Tratamos de no seguir una tendencia solamente porque está de moda. Nos gusta tomar una referencia y darle nuestra propia vuelta». En la mayoría de los casos, el diseño surge de un flash repentino: «Vemos una imagen, escuchamos una canción o pensamos en una persona y decimos: ‘Esto quedaría increíble en una campera’. La intuición tiene muchísimo peso en lo que hacemos».
Intervenir ropa en la Patagonia implica una dosis extra de autogestión. El mercado local muchas veces se vuelve chico a la hora de buscar materia prima específica para sus creaciones textiles. «Emprender en nuestra región tiene desafíos, principalmente porque muchas veces los materiales o determinadas herramientas no se consiguen fácilmente y hay que buscar alternativas o traer cosas de otros lugares», detallan.
A ese obstáculo logístico se le suma el reto cultural de instalar una propuesta disruptiva en la zona: «También es un desafío hacer crecer una propuesta diferente en un mercado donde todavía hay mucho espacio para este tipo de diseño». A pesar de todo, la respuesta de la comunidad neuquina fue el motor para seguir adelante. «Neuquén tiene algo hermoso: hay muchísima gente con ganas de probar cosas nuevas y de apoyar los emprendimientos locales, esto nos permite diferenciarnos y construir nuestra propia identidad».
El motor de Me lo llevo es una fuerte crítica a la monotonía de la moda actual. Para Eugenia y Luciana, salir a la calle se volvió una experiencia monótona: «Sentimos que muchas veces la ropa termina haciendo que todos nos veamos bastante parecidos… ¡usan todos color negro! Qué aburrido». Su filosofía va por el camino opuesto: «Creemos que vestirse también es una forma de jugar y de mostrar quién sos. No tiene que ser siempre serio ni seguir determinadas reglas».
Por eso se animan a experimentar sin límites. «Una campera puede tener strass, una frase, un personaje, una canción, colores inesperados o algo completamente loco… y justamente ahí está la gracia. Queremos que alguien se mire al espejo y piense: ‘Esta prenda tiene muchísimo de mí'». Por eso, cuando les encargan camperas o prendas para regalar, prefieren ir más allá del talle: les gusta conocer a la clienta y entender su historia.
Hoy, el proyecto que arrancó en la provincia mira hacia el futuro con ganas de comerse el mundo, pero manteniendo los pies sobre la tierra y la prolijidad en el taller. Tienen claro cuál es el norte de la marca: «Tenemos muchísimas ganas de seguir creciendo sin perder la esencia».
«Uno de nuestros grandes sueños es que ‘Me lo llevo’ pueda crecer mucho más allá de Neuquén, que nuestras prendas lleguen a otras ciudades y que la marca sea reconocida justamente por eso que nos identifica: hacer prendas únicas y divertidas», proyectan entusiasmadas.
Para las dos amigas que empezaron interviniendo ropa por pura diversión, el presente superó cualquier expectativa inicial. Cada pieza que sale de su taller lleva una carga de dedicación artesanal que defienden como su marca registrada: «Desde que comenzó todo… para nosotras realmente es un sueño. Todas las prendas las hacemos con muchísimo amor y detalles». Al final, la esencia de lo que crearon se puede resumir en la frase que eligen como bandera: «Todo es auténtico, la vida es demasiado corta para vestirse aburrida».





