Hoy el calendario global nos dicta que el 9 de Septiembre es el Día Internacional de la Belleza. Una fecha nacida a mediados de los noventa para celebrar la estética y el cuidado personal, pero que hoy resuena más bien como una sutil ironía. ¿Qué belleza estamos celebrando cuando el mundo vuelve a exigirnos la desaparición física?
Hay una línea invisible, pero perfectamente trazada, que une las costillas expuestas de Kate Moss en una pasarela gris de 1993, el nacimiento de aquel canon bautizado como heroin chic, con el clic milimétrico de una dosis de Ozempic en un baño contemporáneo. No es una mera cuestión de tendencias o caprichos de la moda; es la historia de cómo el poder y el mercado colonizan la última frontera que nos queda: nuestra propia carne.
El fantasma de los noventa y la anatomopolítica
Para entender cómo funciona este mecanismo, vale la pena recurrir a Michel Foucault, uno de los filósofos franceses más influyentes del siglo XX, quien dedicó su obra a estudiar cómo las instituciones nos controlan. Foucault nos advirtió que en la modernidad el poder ya no se ejerce desde un trono con castigos públicos, sino a través de lo que llamó «anatomopolítica»: una red de normas invisibles y sutiles que moldean los cuerpos desde dentro para hacerlos útiles, obedientes y dóciles.
Durante décadas, las mujeres habitamos esa estructura. Nadie nos obligaba a punta de pistola a encajar en el molde de la demacración de los noventa; habíamos interiorizado tanto la mirada juzgadora de la sociedad que la balanza, la culpa y las portadas de revistas operaban como nuestro propio panóptico (esa cárcel donde te sabés vigilado todo el tiempo y terminás controlándote a vos mismo). Ser bella era sinónimo de ocupar el menor espacio físico posible, de consumir nuestra energía en el hambre en lugar de la resistencia
Sociedades de control y el boom farmacéutico
Sin embargo, el dispositivo ha mutado. Tras una breve tregua de discursos sobre la diversidad corporal, el canon de la delgadez extrema ha regresado con una ferocidad inaudita ( aunque pensándolo bien nunca se fue) pero esta vez el mecanismo es distinto. Ya no estamos en la época de la vigilancia directa; hemos entrado de lleno en lo que Gilles Deleuze, otro gran pensador francés y continuador de estas ideas, llamó las «sociedades de control». Deleuze explicaba que, a diferencia del pasado, el poder actual ya no necesita encerrarte ni prohibirte cosas; te da una ilusión de libertad absoluta mientras modula tus deseos en un flujo continuo, tecnológico y silencioso.
El boom del Ozempic es el reflejo de esta nueva era. Ya no se demanda la extenuante «fuerza de voluntad» de las dietas de los noventa, sino una intervención química y molecular. La semaglutida no te prohíbe comer: altera la química de tu cerebro para que no quieras hacerlo. Es el control biopolítico definitivo, inyectable a precio de suscripción mensual. El capitalismo tardío opera así en un bucle perverso: nos inocula la ansiedad y el trastorno a través de las pantallas, para luego vendernos el fármaco de diseño que nos permite «encajar».
Permanecer enteras
Lo que nos proponen la pasarela de los noventa y la jeringa de hoy es, en el fondo, una tregua tramposa: danos tu hambre y te daremos paz mental. Pero esa paz dura lo que dura la receta médica o la vigencia de una tendencia en redes sociales. Frente a un poder que prefiere vernos anestesiadas, diluidas y con el deseo apagado por vía química, el acto más político que nos queda es el de quedarnos acá, enteras. Habitar la incomodidad de la carne, defender el derecho a tener hambre (de comida, de juego, de poder) y recordar que nuestra piel no es propiedad privada de ninguna industria.









