En el taller de Mariano no hay rollos de seda italiana, gasas importadas ni renders digitales de futuras colecciones. Sobre las mesas hay bobinas industriales de rejilla, paquetes cerrados de repasadores y retazos que todavía no saben bien en qué van a convertirse. El proceso es físico, manual y casi impulsivo. Se corta, se pincha, se cose y se prueba directamente sobre el cuerpo. “Yo quería coser, cortar, bordar y hacer todo el trabajo artesanal. Estar en contacto con la máquina, con la tijera, con el hilo”, cuenta. “La marca surge de esa necesidad de crear, de hacer, de producir”.

A veces el juego funciona y aparece algo inesperado. Otras veces no. “A veces salen cosas increíbles y otras decís: bueno, esto realmente es para limpiar el piso”. En ese equilibrio extraño entre la Haute Couture y el cachivache aparece TRAPO, una marca argentina que convierte textiles domésticos en vestidos translúcidos, sacos exagerados, corsés y piezas que parecen moverse entre la pasarela, el vestuario escénico y la fantasía.

El proyecto nació en Choele Choel, Río Negro, casi como un experimento artesanal atravesado por la necesidad de crear y producir desde lo disponible. Lo que empezó entre rejillas, repasadores y máquinas de coser terminó creciendo hasta abrir su propio local en Palermo, convirtiendo a TRAPO en una de las propuestas más extrañas y magnéticas, del diseño independiente argentino.

Pero lo más interesante no es solamente el material. Es lo que el material representa. Porque la provocación de TRAPO empieza incluso antes de ver una prenda. Empieza por el nombre. En una industria acostumbrada a suavizarlo todo, donde lo reciclado suele disfrazarse detrás de conceptos sofisticados, palabras en inglés y discursos de sustentabilidad perfectamente marketineros, Mariano elige hacer exactamente lo contrario.

“¿Por qué vamos a buscar un nombre sofisticado para algo que nos representa?”, se pregunta. “Somos trapo. Lo que más nos representa y lo que utilizamos es el trapo”. Y desde ahí aparece el manifiesto de la marca: “Somos Trapo, somos el miedo de la moda”.

El miedo, en este caso, no parece tener que ver con la tela. Tiene que ver con la posibilidad de que el lujo deje de depender de los materiales históricamente legitimados por la industria. “Con un material muy sencillo, muy básico, que conocemos todos y que siempre fue denostado, nosotros hacemos otra cosa”, dice Mariano. “La personalidad y la disrupción son las que hablan”.

Porque en TRAPO no hay seda, merino ni satén como garantía de sofisticación. Hay rejillas fluorescentes, repasadores y textiles asociados al trabajo doméstico. Objetos pensados para limpiar, secar, servir o pasar desapercibidos.
Y sin embargo, sobre el cuerpo, ocurre otra cosa. “Vos te ponés un trapo e igual podés sentirte linda, sexy o llamar la atención”, dice. “Sentís que tenés una prenda de lujo, aunque sea una tela que no sea lujosa”.

Ahí aparece la tensión más interesante de la marca: transformar materiales históricamente invisibles en algo capaz de producir deseo sin borrar nunca su origen. Porque TRAPO no busca camuflar el material ni convertirlo en una imitación de otra cosa. No tiñen las telas ni esconden las estampas familiares de los repasadores. La idea no es domesticar el objeto sino exagerarlo. «Queremos que realmente se vea que es una rejilla o un repasador”.

La rejilla, por ejemplo, encontró una nueva función gracias a su propia estructura. Sobre el cuerpo deja ver la piel, la ropa interior, el movimiento. Lo que antes pertenecía al lavadero aparece ahora en el territorio de la sensualidad. “Te ponés un pantalón de rejilla y lográs algo sexy”, explica Mariano. “Se ve la piel, se transparenta el cuerpo. Es algo sumamente burdo, pero a la vez logra sensualidad”.

Y quizás por eso TRAPO incomoda tanto. Porque esos textiles no son neutros. Arrastran una historia ligada a las tareas domésticas, al trabajo invisibilizado y a objetos destinados históricamente a servir antes que a ser admirados. Mariano toma todo eso y lo desplaza hacia otro territorio: el de la teatralidad, el exceso y la presencia. “Podés ponerte un trapo y estar en Cannes”, dice entre risas.

La frase podría sonar absurda si las prendas no funcionaran visualmente. Pero funcionan. Corsetería, siluetas dramáticas, transparencias, canutillos, botas acordonadas y volumen aparecen construidos a partir de materiales que todavía conservan algo reconocible, casi cotidiano. A simple vista, algunas piezas parecen salidas de una fantasía barroca. Recién después aparece el detalle que desacomoda la escena: gran parte de esa construcción nació de un textil pensado originalmente para limpiar una cocina.

En un sistema de moda obsesionado con la legitimidad de ciertas telas, TRAPO aparece como una interferencia incómoda. Mariano lo sabe y tampoco parece demasiado interesado en pertenecer. “Tu vestido de gasa y de seda lleno de brillantes ya lo vi”, dispara. “Yo voy por otro lado. Tengo otra búsqueda”. Por eso las prendas parecen vivir en tensión permanente entre lo vulgar y lo sofisticado. Entre lo absurdo y la alta costura. Entre el juego y el artificio.

También el error ocupa un lugar importante dentro del proceso creativo. “El error lo incorporo”, dice Mariano. “Porque si seguís agregando cosas podés terminar enloqueciendo la pieza”. Las prendas nunca parecen completamente terminadas. Siempre podrían sumar otro recorte, otra textura u otra capa de exceso. Pero hay un momento donde el diseñador tiene que frenar. “Hay que decir: hasta acá”.

En tiempos donde gran parte de la moda intenta verse perfecta, limpia y calculadamente aspiracional, TRAPO elige otra cosa: exagerar, jugar y convertir lo doméstico en objeto de deseo.

 

Fotos; gentileza @trapo.fashionfear

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí