Bolivia apareció lejos de Bolivia. En Tokio, entre pasarelas, procesos creativos y una escena atravesada por otros códigos visuales, la diseñadora boliviano-japonesa Arisa Onaga empezó a mirar sus raíces desde otro lugar. A veces la distancia hace eso: vuelve visible lo que la costumbre deja de mirar.

Su colección inspirada en las cholitas bolivianas circuló en Japón y despertó curiosidad en un público que, muchas veces, reconoce el Salar de Uyuni pero ni siquiera sabe exactamente dónde queda Bolivia. Pero detrás de esa repercusión había algo más profundo que una referencia estética o una apropiación visual de símbolos latinoamericanos. Había una búsqueda personal.
“Cuando estoy en Bolivia soy muy japonesa, y en Japón soy muy boliviana. Durante años reflexioné sobre eso y entendí que no soy la única que vive esta dualidad; muchas personas con identidades mixtas atraviesan procesos similares”, cuenta Arisa.
La frase no aparece desde el conflicto sino desde cierta reconciliación. Como si después de años intentando ordenar esas partes hubiese entendido que no tenía que elegir una sola identidad.
“Con el tiempo, lo transformé en una fortaleza: me permite elegir y combinar lo mejor de cada cultura. En mi casa siempre me inculcaron que ser nikkei es un valor, y hoy lo entiendo como una identidad completa. Soy 100% boliviana y 100% japonesa.” Esa mirada híbrida atraviesa todo lo que hace.
Antes de instalarse en Japón, Arisa estudió en Argentina. Y aunque habla de ambos países desde lugares muy distintos, reconoce que cada uno dejó marcas concretas en su forma de crear y de habitarse.
“Argentina me formó el carácter. Me enseñó a expresar mis ideas con claridad, a no quedarme callada y a sostener una postura. También me mostró que estar lejos de casa, aunque desafiante, es una gran oportunidad para redescubrirme.”
De Japón, en cambio, aprendió otra cosa. “Japón me dio equilibrio. Aprendí a bajar el ritmo, a observar más y a enfocarme. Me enseñó a elegir mis batallas y a trabajar con intención, concentrándome en un concepto claro.”
Tal vez por eso sus colecciones se sienten más cercanas a una traducción cultural que a una simple inspiración de moda.
Cuando habla de las cholitas bolivianas no lo hace desde el exotismo ni desde la fascinación superficial con lo latino. Lo que le interesa es otra cosa: la fuerza simbólica que transmiten. “La idea tomó forma a partir de una observación de un profesor, que me impulsó a explorar más profundamente mis raíces. Siempre admiré a las cholitas bolivianas, especialmente por la fuerza y el poder femenino que transmiten.”
En tiempos donde la moda global convierte identidades culturales en tendencia rápida, Arisa se detiene en algo que considera fundamental: el contexto. “Creo que todavía sucede, aunque está cambiando. Hoy hay una mayor conciencia sobre el origen de las propuestas y sobre quiénes están detrás de ellas. La inspiración en sí no es el problema; lo importante es el contexto, la trazabilidad y el reconocimiento.”
Por eso insiste en investigar antes de reinterpretar. “Trabajar desde el respeto y la investigación profunda. Para mí es fundamental entender el contexto antes de reinterpretarlo.” Y agrega: “desarrollé una visión contemporánea de la cholita boliviana, enfocándome en una mujer joven, activa, que baila y trabaja. Mi objetivo es construir una representación con intención y coherencia, que vaya más allá de lo superficial.”
En su relato, la moda aparece menos como espectáculo y más como lenguaje. Como una forma de decir lo que todavía no encuentra lugar en las palabras. “No tengo un único proceso, pero hay uno que disfruto especialmente. Empiezo definiendo qué quiero expresar y qué no puedo decir con palabras.”
Después escribe a mano. Investiga. Lee libros. Busca texturas. Construye moodboards. Recién entonces aparecen los materiales y los prototipos. El proceso avanza lentamente desde lo conceptual hacia lo tangible.
Hay algo silencioso en esa manera de crear. Algo que parece ir a contramano de la velocidad con la que hoy circulan las imágenes de moda.
Incluso la sesión de fotos terminó convirtiéndose, casi sin buscarlo, en otra extensión de ese cruce cultural que atraviesa su trabajo. Arisa cuenta que la producción se armó junto a amigas de distintos lugares de la comunidad nikkei latinoamericana: una modelo nikkei argentina y dos modelos nikkeis bolivianas.
Nada parece completamente separado en su universo creativo. Ni los territorios. Ni las historias. Ni los cuerpos que aparecen en escena.
Quizás porque, en el fondo, Arisa no intenta solamente diseñar ropa. Intenta construir puentes. “Mi objetivo fue despertar curiosidad en el público japonés, especialmente en los jóvenes, para acercarlos a otras culturas.”
Y en ese gesto aparece algo más grande que una colección. La posibilidad de que una pasarela también funcione como territorio de memoria.
- Fotografía: Misaki Leticia Matsuda (México)
- Modelos: Shiori Tamashiro, Yuri Nagamine e Irina Yamamoto
- Asistencia de fotografía: Matías Uema
- Make up: Nina Atta






