Abrir el placard y decir “no tengo nada que ponerme” no es un problema de falta de ropa. Es una idea aprendida. En su quinto libro Paisajes del vestir, Sofía Calvo propone correrse de esa lógica y mirar el placard como un territorio: un espacio donde conviven historia, cuerpo y deseo. “La idea de que ‘no tenemos nada que ponernos’ es una muletilla aprendida por un sistema que no quiere que nuestro clóset vuelva a ser un espacio seguro”, afirma.

Cuando dejamos de ver la ropa como acumulación y empezamos a leerla como paisaje, algo cambia. “Aparece un universo lleno de posibilidades creativas. Empezamos a reencontrarnos con nuestra historia y nuestros cuerpos”. El placard deja de ser depósito y se vuelve relato.

En América Latina, ese relato tiene una textura particular. No habla de exceso, sino de invención. “Esas historias hablan de la belleza de lo simple, de una cultura donde la precariedad es semilla de la creación”. Ahí, donde muchas veces se señaló la falta, aparece también la potencia: compromiso, creatividad y una relación directa con el entorno.

Vestirse, entonces, deja de ser un acto automático. Se vuelve lenguaje. “Ese lenguaje silencioso que ‘grita’ al mundo incluso cuando no queremos”. Y en ese gesto aparece lo político: en la posibilidad de intencionar lo que comunicamos y alinearlo con nuestros valores, con la forma en que queremos habitar el territorio y ser vistas.

 

Pero en el placard también habitan tensiones. La más evidente: la distancia que la industria genera entre lo que somos y lo que la tendencia impone. «Pero aun así la seguimos para no quedar fuera de la conversación cultural o para ser parte de una ola que, en vez de surfearla, nos termina ahogando o arrastrando hacia la orilla». La imagen es clara: pertenecer puede implicar perderse.

Algo similar ocurre con el deseo. “Hoy vive en constante tirantez entre lo que realmente queremos y lo que ‘otros’ nos dicen que nos conviene”. La autora lo nombra sin rodeos: un embrujo que moldea nuestras decisiones hasta hacernos creer que ese deseo es propio.

En ese escenario, también hay cuerpos que quedan afuera. “Aquellos cuerpos y experiencias que resultan incómodos para el sistema, que no calzan con facilidad en el referente hegemónico”. Aunque nuevas narrativas intenten incorporarlos, la tensión persiste.

Frente a eso, hay prácticas que resisten. En Latinoamérica, el vínculo con la ropa está atravesado por acciones que hoy se agrupan bajo el concepto de moda circular, pero que siempre estuvieron ahí: usar, cuidar, reparar, intercambiar. “Nosotros hemos vivido con esos verbos desde siempre, pero perdimos el contacto con ellos”, señala, marcando el quiebre que impuso un sistema que volvió descartable lo que antes se sostenía.

Lejos de proponer una transformación radical, Calvo vuelve a lo simple: ordenar el placard. “En ese gesto se desbloquean muchas cosas: nos reencontramos con historias, con prendas que habíamos olvidado”. Y en ese reencuentro aparece algo más profundo: la posibilidad de decidir y de crear desde lo propio. “Nos damos cuenta de que somos dueñas de múltiples tesoros”.

Al final, todo se condensa en una prenda. Un vestido heredado de su abuela. «No por su materialidad ni porque tenga un estilo demasiado particular, sino simplemente porque le pertenecía.»

Usarlo es volver a ese vínculo, a ese paisaje compartido. “Es un recordatorio de que ella sigue conmigo, de que me abraza a través de la tela”.

Quizás ahí esté la clave, y también la invitación, volver al placard no como un problema a resolver, sino como un territorio a explorar.

Leer Paisajes del vestir es, en ese sentido, abrir una puerta. No solo a nuevas formas de pensar la moda en América Latina, sino a algo más cercano: la posibilidad de reencontrarnos con lo que usamos, con lo que elegimos y, en definitiva, con quienes somos.

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