Chiara Páez tenía 14 años. A veces los aniversarios se convierten en una fría sucesión de fechas, fotografías y consignas. Pero detrás del origen de este movimiento hay algo más simple y más brutal: una adolescente fue asesinada y el país entero entendió que ya no podía seguir mirando hacia otro lado.
El 3 de junio de 2015 no fue solamente una marcha; fue un punto de inflexión. Un momento en el que miles de personas salieron a las calles para decir basta y para exigir que una crueldad histórica dejara de ser tratada como una simple suma de casos aislados. Para lograrlo, fue necesario algo fundamental: nombrarla.
Nombrar el femicidio significó reconocer que no se trataba de hechos excepcionales ni de tragedias privadas. Significó entender que detrás de esas muertes existían desigualdades, relaciones de poder y violencias estructurales que debían ser visibilizadas para poder transformarse. Once años después, esa historia parece volver una y otra vez.
En estos días, un nuevo nombre volvió a ocupar titulares, conversaciones y publicaciones en redes sociales: Agostina Vega. Aunque cada caso tiene su singularidad, hay algo dolorosamente familiar en estas crónicas: la sensación de estar asistiendo a una escena que ya vimos, la misma conmoción, la misma indignación. Como una pesadilla recurrente que se niega a terminar.
Mientras escribo estas líneas, pienso en Cometierra. En esa novela de Dolores Reyes donde una adolescente intenta encontrar a quienes faltan en un territorio atravesado por el silencio y el abandono. No porque la ficción explique la realidad, sino porque logra capturar su atmósfera exacta. Esa certeza de que hay chicas creciendo demasiado cerca del peligro. Demasiado cerca del miedo. Demasiado cerca de la ausencia.
Los casos que alcanzan visibilidad son apenas aquellos que irrumpen en la agenda pública por la magnitud de la tragedia. Pero detrás de cada nombre que conocemos existen muchas otras situaciones de desprotección que no llegan a las noticias, que permanecen silenciadas o que ocurren lejos de las cámaras.
Ahí reside una de las enseñanzas más importantes de Ni Una Menos: entender que el peligro no es algo que sucede en otra parte, ni únicamente en contextos excepcionales. Puede estar más cerca de lo que imaginamos: en el barrio, en la escuela, en la familia de al lado o detrás de una puerta que todos los días vemos cerrarse.
Por eso resulta alarmante que, más de una década después, todavía haya quienes intenten relativizar o negar conceptos fundamentales. Las palabras no son adornos; son herramientas para comprender y operar sobre la realidad. Negarse a nombrar la violencia machista no la hace desaparecer, no reduce su impacto ni protege a nadie. Al contrario: invisibiliza, confunde y atrasa.
Cuando una sociedad deja de nombrar un problema, pierde las armas para enfrentarlo. Cuando desde los espacios de poder se cuestionan términos que fueron clave para desnaturalizar estos crímenes, como lo es el FEMICIDIO, lo que está en disputa no es una palabra. Es la posibilidad de reconocer una realidad que sigue matando.
Ni Una Menos modificó conversaciones, impulsó debates y permitió que lo antes naturalizado comenzara a ser cuestionado. Pero once años después seguimos gritando. No lo hacemos porque nada haya cambiado. Seguimos gritando porque todavía hay nombres nuevos que se suman a una lista que jamás debería haber existido. Porque la crueldad persiste, la memoria necesita ejercitarse y los derechos conquistados hoy deben ser defendidos. Seguimos gritando porque, cada vez que la historia se repite, la sociedad tiene la obligación de preguntarse cuánto falta para que deje de hacerlo.






