En La Virgen de la Tosquera, el terror no se anuncia: se infiltra. No llega desde lo extraordinario, sino desde un paisaje reconocible, caluroso, adolescente. El miedo se instala en el cuerpo antes que, en lo fantástico, y el vestuario trabaja exactamente ahí: donde la piel suda, se expone y se vuelve frágil.
El trabajo de La Polilla Vestuario parte de una lógica casi arqueológica. “Nuestro proceso siempre inicia con un trabajo de mesa (o compu)”, explica Rodrigo, “desglosamos el guión y a partir de esa información comenzamos una búsqueda de referencias. Acá hay ciertos parámetros por los que empezar: época y lugar, rangos etarios, situación socio económica, y así vamos de un macro a la puntualidad de cada personaje y el vínculo que tienen entre sí, el recorrido en el relato; acciones, qué se quiere contar, el devenir Nada queda fijo del todo: “siempre estamos dudando, modificando, mejorando”.
Hay, sin embargo, una obsesión clara: la identidad. “Nos gusta armar roperos de personajes, donde cada uno tiene sus prendas y arma su identidad. Poder identificar de qué personaje es la prenda con solo verla”. El vestuario no busca destacarse, busca narrar.
Para abordar ese universo adolescente, la investigación esquivó la nostalgia estilizada. La referencia fue inesperada y contundente. “En La Virgen tuvimos la ventaja de contar una historia que vivimos con la misma edad que los protagonistas, de todas formas hicimos una investigación. Lo curioso fue la fuente: nos vimos en YouTube PopStars del 2001!!! Fue ideal, teníamos a cientos de adolescentes de todas las latitudes de la provincia de Buenos Aires” Allí aparece el anclaje del verosímil. “Estábamos contando una historia fantástica y era necesario darle potencia al contexto cotidiano, darle credibilidad al terror social”.
“No nos interesa el desfile de ropa”, aclara Rodrigo. Aunque cada prenda sea una elección consciente —textura, color, silueta—, lo central es otra cosa: “nos gusta la ropa que cuenta, que potencia al personaje y al relato”. En La Virgen de la Tosquera, la ropa no distrae del horror: lo vuelve posible.
Ese horror se escribe directamente sobre los cuerpos. “Acá los cuerpos están muy expuestos. Es verano, las pieles sudan, se mojan, se tocan, se erizan”. El vestuario acompaña esa exposición sin suavizarla. “El horror y la crueldad se exponen, así como también lo hace la piel vulnerable”. En este universo, “la herida siempre se lee en la piel”.
Las decisiones materiales refuerzan esa idea: prendas de verano, superposiciones mínimas, bikinis siempre asomando, listas para el agua. “Cuellos y clavículas muy protagonistas, piernas, brazos. Piel y más piel”. Los breteles finos terminan funcionando como una marca involuntaria: “los breteles angostos creo que son un sello en la película”.
Lo que el vestuario busca no es una imagen, sino una sensación física. “Que la gente sienta el calor, las prendas pegadas al cuerpo. La vulnerabilidad de los cuerpos adoleciendo en un contexto hostil”. Porque, como resume Rodrigo, “adolecer es siempre doloroso, pero si además sumamos un verano de crisis en Argentina, en el conurbano bonaerense, todo se pone más intenso”.
En La Virgen de la Tosquera, el vestuario no ilustra el miedo: lo encarna. Hace del cuerpo un territorio donde lo social, lo climático y lo emocional se confunden. Y ahí, en esa piel expuesta, el terror deja de ser ficción para volverse experiencia “Cualquier realidad con la coincidencia es pura semejanza”





