Las marcas suelen contar historias pulidas. Chacra, en cambio, nació de un sótano, de un préstamo familiar y de dos hermanos tratando de resolver algo bastante concreto: trabajar.
La historia empieza en 2017. Gonzalo y Santiago vivían juntos cuando ambos se quedaron sin empleo. Entre los dos había saberes dispersos que, hasta ese momento, no parecían formar un proyecto: Gonzalo venía de estudiar artes visuales, hacía ilustraciones y afiches para bandas —entre ellas la de su hermano— y ya tenía una identidad gráfica bastante marcada. Santiago, en cambio, tenía más experiencia con el mundo de la ropa y los talleres textiles.

Antes de lanzar la marca habían trabajado en una tienda que producía prendas para diseñadores independientes. Ahí aprendieron lo básico del circuito: telas, cortes, costura y producción. Cuando decidieron empezar, pidieron un pequeño préstamo a su madre para comprar los primeros rollos de tela. El resto fue intuición y ganas.


El primer taller fue el sótano de la casa donde vivían. Un espacio que hasta entonces no se usaba para nada. También apareció una máquina de serigrafía que Santiago había conseguido de una forma bastante particular: la cambió por unos arreglos de saxo que había hecho para un músico. Con esa máquina, algunas ilustraciones y lo aprendido en talleres textiles, arrancaron.

Gonzalo lo cuenta de forma simple: “medio que unimos esos dos mundos, mis dibujos y el conocimiento de ropa que tenía mi hermano, y nos mandamos. Empezamos así y de a poquito fue creciendo”. La explicación del origen, dice, tiene mucho de eso: de los saberes que ya tenían, de la ayuda de amistades y, sobre todo, de una necesidad concreta. “Diría que nace de los conocimientos que teníamos los dos, de lo que nos aportó mucha gente amiga y de una necesidad de trabajar”.

Aunque hoy el proyecto funciona en Buenos Aires, el imaginario de Chacra sigue mirando hacia el sur. Los dos hermanos son de Cipolletti, en el Alto Valle. Gonzalo vivió allí hasta los 21 años y Santiago hasta los 18. Crecieron en una familia de cinco hermanos y, aunque ahora la mayoría vive en la capital, sus padres siguen en el valle.
Ese origen aparece también en la identidad del proyecto. Gonzalo dice que el valle sigue funcionando como un paisaje mental: “es el imaginario con el que nos criamos”. Para ellos, además, la identidad patagónica todavía está en construcción. “Sentimos que no está tan explotada todavía, que está medio en formación, así que tratamos de aportar desde ahí, desde cosas muy del lugar”.

Chacra suele asociarse a ellos dos, pero el proyecto funciona como una red. Durante un tiempo llegaron a ser cinco personas trabajando en el taller. Después de un año difícil se achicaron y hoy el núcleo está formado por Gonzalo, Santiago y Delpo, una amiga que atiende el showroom y también participa del proceso de estampado.

A eso se suma una familia que se encarga de la costura de las prendas. El recorrido de cada remera es bastante artesanal: ellos compran la tela, la llevan a cortar y coser, y luego vuelve al taller donde finalmente se estampa. Si se suman quienes colaboran en ferias, repartos o distintas etapas del proceso, el círculo se amplía bastante más. “Hoy somos tres en el taller, pero si contás toda la gente que participa en el proyecto somos entre siete y diez personas dando vueltas”, explica.

Desde el comienzo, además, Chacra se alimentó de vínculos cercanos. Amistades que aportaron conocimiento, ayuda en el taller o simplemente tiempo cuando el proyecto recién empezaba. Gonzalo lo define como algo casi natural: “muchos amigos nos dieron una mano cuando arrancábamos y siempre tratamos de devolver lo que podemos. Hay algo comunitario en cómo nos movemos”.

En el centro de todo está la serigrafía. Para ellos no es solo una técnica sino una forma de trabajar. La elección tiene que ver con algo práctico —con poca inversión se puede montar un pequeño taller— pero también con una relación directa con el proceso. “Tenés que mancharte las manos, ves todo lo que pasa”, dice Gonzalo. Frente a métodos más industrializados, la serigrafía conserva algo manual que los atrae mucho más: “es una técnica bastante antigua, no cambió tanto con el tiempo, y eso también nos gusta”.

Las ideas para las estampas suelen aparecer en conversación. A veces alguien llega con una propuesta y se discute en el taller; otras, las sugerencias vienen de quienes compran las remeras. “Hay clientes que nos escriben y nos dicen ‘¿por qué no hacen una estampa de esto?’, y a veces tomamos algo de ahí y lo trabajamos”, cuenta.

Con el tiempo, esas imágenes empezaron a dialogar cada vez más con la cultura popular, la política o figuras cargadas de contradicciones. Maradona es uno de esos casos. Gonzalo admite que la figura les resulta inevitable: “somos muy maradonianos, pero también es alguien lleno de debates”.

Justamente ahí aparece el interés. “Las cosas contradictorias son las que te permiten pensar un poco más y tomar postura”.

Ese mismo interés por los imaginarios populares aparece en la reciente colaboración con La virgen de la tosquera, la película dirigida por Laura Casabé a partir del universo literario de Mariana Enríquez.

El contacto llegó de manera inesperada: parte del equipo de la película ya conocía la marca y se acercó para proponerles trabajar juntos. Cuando finalmente vieron la película, la conexión apareció rápido. “Tiene algo muy ligado a lo popular, a los ritos, a lo medio oscuro”, dice Gonzalo. “Son cosas que a nosotros nos interesan bastante”.

Además, él es fan del cine de terror, así que la estampa terminó tomando referencias de los pósters de películas de los años ochenta.
La colaboración no quedó solo en el diseño. Durante el avant premiere decidieron llevar el taller al evento y estampar en vivo.

No era la primera vez que sacaban la serigrafía a la calle. A veces organizan jornadas de puertas abiertas en el taller donde cualquiera puede llevar una remera lisa para estampar, incluso si no puede comprar una nueva. También suelen participar en espacios públicos, como la marcha del 24 de marzo.
Cuando la serigrafía ocurre frente a la gente, algo cambia. “Está bueno romper las paredes del taller”, dice Gonzalo. “Salir y encontrarte con gente que capaz no te conoce. Siempre pasan cosas”.

Quizás ahí está una de las claves de Chacra: más que una marca cerrada, funciona como un punto de encuentro. Un proyecto que empezó en un sótano con dos hermanos, algunas ilustraciones y una máquina de serigrafía, y que fue creciendo sumando manos, conversaciones y comunidad alrededor de una mesa de trabajo manchada de tinta.

www.tiendachacra.com

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